La salud mental abarca un campo amplio y complejo que muchas veces, a nivel social, resulta objeto de estigma. Uno de los ejemplos más evidentes de esta estigmatización se encuentra en la tendencia social de etiquetar a los culpables de crímenes violentos como asesinatos, violaciones, agresiones sexuales, pederastia o tráfico humano, como “locos”, “enfermos mentales” o “gente que está mal de la cabeza”. Esta práctica, que parece ofrecer una explicación sencilla y contundente para actos moralmente inaceptables, no sólo perpetúa prejuicios dañinos sobre la salud mental, sino que también distorsiona la comprensión pública sobre las causas reales de estos comportamientos y, a menudo, impide que las víctimas y la sociedad en general reciban una respuesta adecuada.
La falacia del «loco» criminal
Una de las formas más comunes de estigmatizar la salud mental es vincularla directamente con actos violentos y delictivos. Se ha vuelto habitual, tanto en los medios de comunicación como en el discurso cotidiano, calificar de “locos” a los perpetradores de actos atroces. Esta narrativa sugiere que, de alguna manera, estos actos inhumanos solo pueden ser cometidos por personas que sufren de una alteración grave de su salud mental, evitando así profundizar en otros factores sociales, culturales o estructurales que influyen en este tipo de conductas.
A nivel social, esta simplificación es problemática por varias razones. En primer lugar, asume que el crimen es intrínsecamente el resultado de una enfermedad mental, lo cual no es respaldado por la investigación empírica. La mayoría de las personas con trastornos mentales no son violentas, y, de hecho, son más propensas a ser víctimas de violencia que perpetradoras. En segundo lugar, se coloca a quienes sufren de trastornos psiquiátricos en una posición desventajosa, donde se los ve con desconfianza o miedo, reforzando los estigmas y aumentando la exclusión social.
Trastornos mentales vs. comportamiento criminal
Es importante distinguir entre las conductas que derivan de un trastorno mental y aquellas que provienen de una construcción social o personal patológica pero no necesariamente psiquiátrica. No todas las personas que cometen delitos violentos o sexuales lo hacen debido a un diagnóstico clínico. A menudo, estos actos están relacionados con dinámicas de poder, misoginia, narcisismo, o un sentido deshumanizante de los demás, más que con un trastorno mental diagnosticable.
De hecho, muchos criminales, pueden no mostrar ningún signo de trastorno mental diagnosticable según los criterios de manuales psiquiátricos como el DSM-5 o la CIE-11. Lo que es evidente es que la mayoría de estos crímenes están motivados por deseos o impulsos que responden a problemas de poder, control o gratificación personal, más que a síntomas clínicos de una patología. En estos casos, etiquetar al delincuente como “loco” desvía la atención de las verdaderas raíces del problema, como las desigualdades estructurales, la cultura de la violencia o el sistema judicial.
Lo que muestran las estadísticas, es que el porcentaje de delincuentes violentos que sufre un trastorno mental es del 5%, siendo que de ese porcentaje, sólo el 7,5% ha cometido un delito como consecuencia directa de su sintomatología. Lo que se muestra, por otra parte, es que la mayoría de personas con trastornos de salud mental no tienden a ser violentas, agresivas, ni peligrosa
El efecto en las personas con trastornos mentales
Llamar “locos” a los perpetradores de crímenes violentos contribuye de manera significativa al estigma social que rodea a las personas que realmente tienen problemas de salud mental. En lugar de promover una comprensión matizada de lo que significa vivir con una enfermedad mental, este tipo de lenguaje sugiere que las personas con trastornos mentales son peligrosas, inestables y potencialmente violentas. La realidad, sin embargo, es bastante diferente. La Organización Mundial de la Salud (OMS) y diversas asociaciones de psiquiatría han señalado que la gran mayoría de las personas que padecen trastornos mentales no son violentas y, de hecho, tienen un riesgo mayor de ser víctimas de violencia o abuso, que de cometerlos. Este estigma no solo les dificulta acceder al tratamiento que necesitan debido al temor a ser discriminados, sino que también limita su capacidad de vivir una vida plena, al generar aislamiento, exclusión social, desprecio, violencia y pérdida de oportunidades.
Además, esto puede promover no sólo el desprecio de su comunidad, sino el propio autoestima o estigma internalizado, siendo este el resultado de hacer propias las creencias de la sociedad, lo que genera sentimientos de angustia, desesperanza y vergüenza asociados a su condición. Todo ello puede repercutir en el empeoro de la sintomatología, un aumento de las dificultades para el acceso a servicios y derechos básicos, como el empleo o la vivienda, así como reduce las posibilidades de interacción con la sociedad.
¿Por qué tendemos a estas suposiciones?
Desde una perspectiva social, existen diferentes factores que podrían explicar por qué tendemos a creer que estas personas tienen un problema de salud mental.
Mecanismo de defensa
Uno de los motivos principales por los cuales se tilda de “locos” a los perpetradores de actos violentos y sexuales tiene que ver con el fenómeno de la disonancia cognitiva. Este concepto se refiere al malestar psicológico que experimentamos las personas cuando tenemos creencias contradictorias o cuando nuestra visión del mundo es desafiada por la realidad. Para muchas personas, aceptar que seres humanos «normales» pueden cometer actos atroces como violaciones o tráfico de personas es una idea profundamente perturbadora. Es más fácil reducir este malestar atribuyendo esas acciones a una condición mental fuera de lo común, como la locura. Al hacerlo, las personas logran mantener su creencia de que los seres humanos son inherentemente buenos y que solo los “enfermos” son capaces de tales atrocidades. Este proceso de etiquetado funciona como un mecanismo de defensa para proteger la estabilidad psicológica del observador.
Distanciamiento moral y emocional
Desde el plano emocional, llamar “locos” a los culpables de crímenes graves también puede ser un intento de distanciamiento moral. Los crímenes atroces provocan una respuesta emocional intensa: miedo, repulsión, rabia y, en algunos casos, una necesidad de venganza. Sin embargo, aceptar que el perpetrador es un ser humano común, que podría ser un vecino, un amigo o un miembro de la sociedad en general, genera una sensación de vulnerabilidad e inseguridad.
Era un señor muy amable, siempre saludaba.
Una vecina consternada
Al etiquetar a los criminales como «locos», las personas podemos distanciarnos emocionalmente del agresor, viéndolo como un “otro” diferente, ajeno a las normas y valores sociales. Este distanciamiento nos permite, además, sentirnos más seguros y protegidos, ya que consideramos que estos individuos son excepciones aisladas en la sociedad y no representan una amenaza sistemática, porque ¿a quién le tranquiliza pensar que tu vecino podría hacer algo así?
Necesidad de control y orden
Otra motivación psicológica importante para llamar «locos» a los delincuentes es la necesidad humana de control y predictibilidad. Los seres humanos tienden a buscar patrones, explicaciones y causas claras para los fenómenos, especialmente cuando estos son perturbadores o inexplicables. En el caso de crímenes violentos o sexuales, etiquetar a los perpetradores como mentalmente enfermos ofrece una explicación aparentemente clara y sencilla: “si alguien está loco, entonces su comportamiento es impredecible y peligroso”.
Este tipo de simplificación refuerza una sensación de control sobre el mundo, ya que parece ofrecer una «causa» concreta para el crimen. Atribuir el comportamiento criminal a la locura permite creer que, si se pueden identificar o aislar a los «locos», se puede prevenir el crimen. En realidad, esto es una falsa sensación de seguridad, pero desde el punto de vista psicológico, ayuda a lidiar con la ansiedad que generan estos actos violentos.
Proyección y evitación de la responsabilidad social
Desde algunas corrientes, la proyección es otro mecanismo clave. A veces, la sociedad proyecta en los delincuentes características que rechaza o teme de sí misma. Calificar a los criminales de «locos» permite evitar la autoevaluación y el reconocimiento de los problemas más profundos que pueden contribuir al comportamiento violento, como la misoginia, el abuso de poder, las desigualdades estructurales o la cultura de la violencia. En este sentido, al señalar a los criminales como enfermos mentales, se desvía la atención de posibles responsabilidades colectivas. La sociedad evita una reflexión más profunda sobre los factores culturales y estructurales que podrían estar fomentando este tipo de conductas. Por ejemplo, en lugar de analizar el impacto de la educación sexista, la violencia sistémica o las estructuras de poder que perpetúan el abuso, se culpa a un «otro» desviado, deshumanizado y, por lo tanto, eximido de una conexión con el resto de la sociedad.
Demonización y deshumanización
Llamar «loco» o monstruos a los criminales también cumple una función de demonización y deshumanización. Desde un plano psicológico, la deshumanización es un proceso en el cual se niega o minimiza la humanidad de un individuo o grupo, permitiendo que el resto de la sociedad los vea como menos que humanos y, por lo tanto, más fáciles de condenar y castigar.
Al etiquetar a los perpetradores de crímenes sexuales o violentos como «locos», la sociedad puede justificar el odio, el castigo extremo o incluso la negación de los derechos humanos básicos a estos individuos. Se les ve como entidades monstruosas, alejadas del espectro humano común, lo que facilita la respuesta emocional de rabia y condena. Esta deshumanización es psicológicamente reconfortante para las personas que necesitan ver a los criminales como algo radicalmente diferente y ajeno a sí mismos, cuando en realidad hay multitud de variables que ha llevado a esos individuos a cometer esos actos.
Narrativas mediáticas y culturales
Los medios de comunicación juegan un papel crucial en reforzar la idea de que los criminales violentos y sexuales son “locos” o “enfermos mentales”. Desde el plano psicológico, los medios alimentan y amplifican los sesgos cognitivos y emocionales de las personas al narrar crímenes de una manera que resuena con los temores y prejuicios preexistentes. Este tipo de narrativas mediáticas se alinean con la psicología del miedo, que exagera el peligro representado por ciertos individuos o grupos, y los presenta como amenazas a la sociedad en su conjunto.
Los medios también suelen buscar historias sensacionalistas, y etiquetar a un delincuente como “loco” le añade un elemento dramático que hace que el público se enganche más fácilmente, a pesar de que esto perpetúe la desinformación y el estigma hacia las personas con enfermedades mentales.
La responsabilidad individual y social
Es vital que, como sociedad, seamos capaces de reconocer la responsabilidad individual en la comisión de delitos sin recurrir a la patologización innecesaria. Llamar “loco” o monstruo a un agresor sexual, por ejemplo, podría dar a entender que no tenía control sobre sus acciones o que no es plenamente responsable de ellas debido a un supuesto trastorno mental, lo cual es un enfoque profundamente equivocado.
Asimismo, este tipo de discursos permite que la sociedad evada una reflexión más profunda sobre los sistemas que perpetúan la violencia sexual, como las normas patriarcales, la impunidad en los sistemas judiciales y la falta de educación sobre la igualdad y el respeto. La patología no puede ser siempre una excusa para actos criminales que, muchas veces, se enraízan en problemas sociales más amplios.
Referencias
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Psicóloga General Sanitaria, creadora de Psicología de Sastre. Acompaño a personas en procesos de cambio y bienestar emocional, ofreciendo un enfoque cercano, seguro y adaptado a cada persona.